Por Angel Flores

La firma del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea no es un hecho menor ni una noticia más en la agenda internacional. Se trata de una decisión estratégica que, de avanzar en su ratificación, puede modificar de manera profunda el mapa de las exportaciones argentinas y, en particular, el de las economías regionales como la de La Rioja. Detrás de los comunicados diplomáticos y las fotos oficiales, lo que está en juego es algo concreto: precios, competitividad y acceso real a uno de los mercados más grandes y exigentes del mundo.

Durante décadas, los productos que salen de La Rioja hacia Europa lo hicieron cargando un peso adicional que no siempre se ve, pero que se siente en cada negociación comercial: los aranceles. En promedio, muchos bienes agroindustriales argentinos pagan entre un 8% y un 15% para ingresar a la Unión Europea, y en algunos casos específicos, como bebidas, productos procesados o manufacturas con valor agregado, esos porcentajes pueden escalar aún más. Ese sobrecosto termina empujando fuera de competencia a producciones que, en calidad, no tienen nada que envidiarle a las europeas.

El acuerdo Mercosur-UE apunta directamente a ese problema. Según lo establecido, la Unión Europea eliminará aranceles sobre más del 90% de los bienes que hoy importa desde el bloque sudamericano. Una parte significativa de esa desgravación será inmediata: cerca de siete de cada diez productos ingresarán al mercado europeo con arancel cero desde el inicio del acuerdo. El resto lo hará de manera gradual, en plazos que van de cuatro a diez años, según el rubro y su sensibilidad para la economía europea.

Para La Rioja, esto implica una mejora concreta en las condiciones de exportación de sus principales productos. El vino, los aceites, las frutas, los alimentos procesados y otros bienes agroindustriales hoy llegan a Europa con precios inflados por los impuestos de importación. Con la baja o eliminación de esos aranceles, el producto riojano puede ganar competitividad sin necesidad de resignar rentabilidad, algo clave para economías alejadas de los grandes puertos y con altos costos logísticos.

El impacto no es solo contable. Un arancel más bajo significa mejores márgenes para reinvertir, mayor previsibilidad para cerrar contratos a largo plazo y, sobre todo, la posibilidad de pensar en volumen. Muchos productores pequeños y medianos hoy no exportan a Europa no porque no puedan producir, sino porque el número final no cierra. El acuerdo puede cambiar esa ecuación.

Claro que no todo será automático ni inmediato. Algunos productos considerados “sensibles” por la Unión Europea ingresarán mediante cupos o esquemas de desgravación parcial, y el desafío para las economías regionales será adaptarse a los estándares sanitarios, ambientales y de calidad que exige ese mercado. Pero aun con esas exigencias, el cambio de escenario es evidente: se pasa de un esquema restrictivo a uno de apertura progresiva.

El debate político alrededor del acuerdo es legítimo y necesario, pero La Rioja no puede darse el lujo de mirarlo desde la tribuna. La baja de aranceles no garantiza por sí sola más exportaciones, pero sí elimina una barrera histórica que castigó durante años a las producciones del interior. En un contexto de estancamiento económico y necesidad urgente de dólares, cada punto porcentual que se recorta en impuestos de ingreso puede marcar la diferencia entre vender o quedarse afuera.

El acuerdo Mercosur-Unión Europea abre una puerta. Que La Rioja la cruce dependerá de decisiones políticas, inversión productiva y una estrategia clara para que sus productos no solo lleguen a Europa, sino que lo hagan en mejores condiciones que nunca.