Por Angel Flores

La Rioja tiene un problema grave con su memoria. No con la historia escrita en los libros, sino con la historia viva, la que se honra con hechos concretos, con símbolos, con gestos públicos, con respeto real. Y hay un ejemplo que hoy vuelve a doler —y a indignar— con fuerza: La Rioja sigue sin rendir homenaje como corresponde a dos granaderos riojanos que murieron en la Batalla de San Lorenzo, una de las gestas más importantes del proceso independentista argentino.

Sus nombres deberían estar en plazas, en monumentos, en actos escolares, en placas, en paseos históricos. Pero no. En La Rioja, Domingo Soriano Guriel y Blas Vargas, dos riojanos caídos en combate bajo las órdenes del general José de San Martín, apenas sobreviven en la periferia: dos o tres calles escondidas, perdidas entre barrios, sin contexto, sin historia, sin respeto.

La Batalla de San Lorenzo no es un episodio menor. Fue el 3 de febrero de 1813, el bautismo de fuego de San Martín en territorio argentino. Allí, el Regimiento de Granaderos a Caballo dejó sangre, dejó gloria y dejó muertos. Entre esos muertos, estuvieron dos riojanos. Y sin embargo, pasaron más de 200 años y La Rioja no hizo absolutamente nada para honrarlos como se debe. No hay un monolito. No hay una plaza. No hay una ceremonia provincial sostenida. No hay un paseo histórico. No hay una política de memoria. No hay nada.

La información recibida por este medio lo resume con crudeza: Granaderos Vargas figura apenas en unas pocas calles del barrio San Román; Granadero Guriel aparece en solo tres calles en El Shincal; y el nombre de Vargas también aparece en El Shincal, pero en apenas dos cuadras. Ese es el “homenaje” que les dio La Rioja. Y no es homenaje: es maquillaje, es simulacro, es olvido con letra chica. Porque poner un nombre en una calle sin señalización, sin contexto, sin reconocimiento, sin historia visible, es lo mismo que esconderlo.

Lo más triste es que esto no es culpa de una sola gestión. Esto es una responsabilidad histórica compartida. Gobiernos de todos los colores, de todas las décadas, de todos los discursos, que llenaron la provincia de palabras sobre “identidad”, “patriotismo”, “cultura”, “memoria”, pero que nunca tuvieron la voluntad —o la decencia— de hacer algo básico: honrar a dos riojanos que murieron por la Patria. La Rioja no solo los olvidó. Los abandonó.

En estos días, el país volvió a hablar de San Martín por lo ocurrido con el sable corvo, un símbolo máximo de nuestra historia. Y ese hecho reactivó el debate nacional: el respeto por los símbolos patrios, el cuidado de la memoria, la importancia de honrar a los héroes. Pero en La Rioja, la pregunta es inevitable y hasta incómoda: ¿con qué cara se habla de San Martín, si ni siquiera se honra a los riojanos que murieron peleando bajo su mando?

La Rioja parece tener una memoria selectiva. Recuerda lo que conviene. Celebra lo que suma políticamente. Exhibe lo que se puede usar como marketing. Pero ignora lo que exige compromiso real, trabajo serio y respeto profundo. Porque levantar un monolito no da votos. Hacer una plaza histórica no genera caja. Enseñar historia de verdad no llena titulares. Pero es lo que corresponde.

No estamos pidiendo un mega monumento. Estamos pidiendo lo básico: un monolito oficial en un lugar visible, una plaza con el nombre de ambos granaderos, placas conmemorativas, señalización histórica en las calles que ya llevan sus nombres, actos escolares provinciales que los mencionen, material educativo que los incluya, un gesto institucional real, serio, permanente. Y sobre todo, una decisión política.

Domingo Soriano Guriel y Blas Vargas no fueron una nota al pie. No fueron un trámite. No fueron “dos calles perdidas”. Fueron granaderos. Fueron riojanos. Y murieron en combate en una de las batallas más emblemáticas de nuestra historia. Que La Rioja los ignore desde hace más de 200 años no es solo una omisión. Es una vergüenza.