Un reciente posteo en redes sociales volvió a poner en escena un dato poco conocido —aunque documentado— sobre los orígenes familiares de Ángel Vicente Peñaloza, el histórico caudillo riojano que marcó a fuego las guerras civiles del siglo XIX.
El posteo publicado por Historias De La Rioja, hace referencia a un expediente matrimonial fechado en 1798, conservado en el Archivo del Arzobispado de Córdoba, donde se tramita la dispensa por consanguinidad entre sus padres: Don Esteban Peñaloza y Doña Úrsula Rivero.
Según el documento, ambos contrayentes eran primos en tercer grado, es decir, compartían tatarabuelos. En concreto, el árbol genealógico trazado al margen del expediente revela que los dos descendían de un mismo antepasado: Don Pedro Ávila, vecino de Malanzán durante la época colonial.
En tiempos coloniales, la Iglesia Católica regulaba estrictamente los matrimonios entre personas con lazos de sangre. Incluso relaciones consideradas hoy lejanas —como primos en tercer grado— requerían una autorización especial: la dispensa eclesiástica.
Lejos de ser una rareza, estos permisos eran frecuentes en regiones como los Llanos riojanos, donde las familias fundadoras tendían a entrelazarse generación tras generación. La práctica respondía tanto a la escasa población como a la necesidad de preservar patrimonios, alianzas y poder local.
Un dato documentado por la historiografía
El expediente no solo existe, sino que ha sido citado por el historiador Tejerina Carreras en sus estudios sobre la familia Peñaloza, lo que le otorga respaldo académico al dato que hoy circula en redes.
El detalle del árbol genealógico —dibujado en el propio documento— constituye una pieza clave para entender la estructura familiar de una de las figuras más emblemáticas del federalismo argentino.
Aunque para la mirada actual pueda resultar llamativo, el matrimonio entre parientes lejanos era una práctica social aceptada y regulada en su contexto histórico. En ese marco, la unión entre Esteban Peñaloza y Úrsula Rivero no solo fue legal, sino también parte de una lógica social extendida en la época.
Sin embargo, el redescubrimiento de estos documentos vuelve a abrir el interés por los orígenes familiares de figuras históricas y por las redes de parentesco que moldearon el poder en las provincias del interior.
Porque detrás del mito del “Chacho”, también hay una historia profundamente humana: la de familias, alianzas y decisiones que, siglos después, todavía generan debate.
