La preocupación por la disponibilidad de agua no es nueva y desde hace décadas se advierte sobre el riesgo creciente en varios departamentos del sur riojano, donde el abastecimiento depende casi exclusivamente de perforaciones subterráneas.

La explotación sostenida de pozos sin una planificación integral provoca el descenso progresivo de las napas, con una consecuencia directa: con el paso del tiempo el recurso se reduce y puede llegar a agotarse.

En ese escenario, amplias zonas del sur provincial enfrentan el riesgo de quedarse sin agua para consumo humano y producción. La problemática ya no se limita al interior, ya que la propia Capital riojana muestra señales de un sistema bajo presión, con cortes frecuentes en distintos barrios, baja presión y una red de distribución deteriorada que genera pérdidas constantes. Las filtraciones y el derroche por cañerías obsoletas se repiten en distintos sectores de la ciudad, profundizando un escenario donde la falta de inversión, la mala planificación y el uso intensivo del agua subterránea comprometen la disponibilidad futura del recurso.

Mientras provincias áridas como Mendoza y San Juan lograron transformar territorios desérticos en oasis productivos mediante sistemas de riego, diques y planificación del recurso hídrico, La Rioja enfrenta cada vez con mayor frecuencia problemas estructurales de falta de agua. La diferencia no está únicamente en la geografía, sino también en la historia de inversión, la gestión del recurso y decisiones políticas sostenidas en el tiempo.

Por qué Mendoza y San Juan hicieron del desierto una potencia productiva y la provincia enfrenta hoy una crisis hídrica

Las tres provincias comparten un clima seco, escasas lluvias y economías regionales dependientes del agua. Sin embargo, Mendoza y San Juan desarrollaron desde fines del siglo XIX una cultura del riego organizada, con canales, acequias, diques y distribución controlada del agua. Ese modelo permitió crear oasis agrícolas, impulsar la vitivinicultura y sostener economías regionales incluso en años de sequía.

La Rioja, en cambio, tuvo un desarrollo hídrico más fragmentado. La falta de grandes obras de almacenamiento, la dependencia de perforaciones subterráneas y la expansión agrícola sin planificación hídrica integral generaron un escenario más vulnerable. Con el paso del tiempo, la sobreexplotación de acuíferos y la irregularidad climática profundizaron la crisis.

Otro factor clave es el geográfico. Mendoza y San Juan reciben agua del deshielo cordillerano con ríos más caudalosos y relativamente constantes. La Rioja posee cursos más cortos y estacionales, muchos dependientes de lluvias. Sin grandes embalses para almacenar agua, cada ciclo seco impacta con mayor dureza.

A esto se suma la diferencia en inversión pública sostenida. Mendoza y San Juan construyeron diques, redes de riego y organismos técnicos de control que administran el recurso con planificación a largo plazo. La Rioja, en cambio, avanzó con obras más aisladas y con menor capacidad de regulación del sistema hídrico provincial.

Un punto central que especialistas remarcan es que, a lo largo de décadas, ningún gobierno provincial logró convertir el manejo del agua en una verdadera política de Estado con planificación seria y sostenida. La ausencia de inversiones estructurales, la falta de construcción de represas estratégicas y el escaso desarrollo de infraestructuras de riego modernas dejaron a la provincia sin un sistema hídrico robusto. Sin continuidad en los proyectos y con obras aisladas, La Rioja no consolidó un modelo sostenible que garantice previsibilidad para el consumo humano y el desarrollo productivo.

Hoy la situación se agrava por tres factores simultáneos: menor disponibilidad natural de agua, crecimiento productivo sin planificación hídrica suficiente y falta de infraestructura de almacenamiento. El resultado es una provincia con limitaciones para el desarrollo agrícola, tensiones entre sectores productivos y dificultades en el abastecimiento en distintas regiones.

Especialistas coinciden en que la solución requiere un plan hídrico integral: nuevas represas, tecnificación del riego, control del uso del agua subterránea y planificación productiva acorde a la disponibilidad real del recurso. Sin esas medidas estructurales, La Rioja seguirá dependiendo del clima y enfrentando ciclos recurrentes de escasez.

La experiencia de Mendoza y San Juan demuestra que incluso en zonas desérticas es posible construir economías prósperas si existe planificación, inversión sostenida y administración estricta del agua. El desafío para La Rioja es transformar esa comparación en una política de Estado de largo plazo.