Lo que en Mendoza ya fue confirmado con números —un enero con lluvias que triplicaron el promedio histórico de los últimos 30 años— en La Rioja se vivió en carne propia: un mes con precipitaciones descomunales, eventos extremos en pocas horas y consecuencias que dejaron expuesta una realidad incómoda: cuando llueve fuerte, la provincia no está preparada.

El informe difundido en Mendoza por el Instituto Nacional del Agua (INA) y replicado por Diario UNO, muestra que en esa provincia enero superó ampliamente los valores normales, con acumulados que en algunos puntos alcanzaron casi tres veces más de lo esperado para el mes.

En La Rioja, el patrón fue diferente, pero igual o más peligroso: lluvias concentradas, violentas, cortas y devastadoras, con localidades enteras colapsadas por la falta de infraestructura de drenaje, mantenimiento urbano y planificación frente a un clima que está cambiando.

El caso más brutal fue el de Chepes, donde en cuestión de horas cayeron más de 200 milímetros, una cifra que rompe cualquier lógica en una provincia de perfil semiárido. Vecinos contaron que el agua “entró como un río”, que “no había forma de frenar nada” y que muchas familias terminaron sacando barro con baldes, palas y lo puesto.

Y lo que pasó en Chepes no fue un hecho aislado: durante enero se registraron tormentas fuertes en distintos puntos del interior, con calles destruidas, cortes, desbordes, viviendas afectadas y sectores rurales complicados por la imposibilidad de transitar.

El dato que inquieta es que estas lluvias no solo traen alivio en términos hídricos: cuando caen así, en poco tiempo y con semejante volumen, el efecto es el contrario. El agua no se absorbe, arrasa.

Productores del interior advirtieron que las tormentas dejaron pérdidas, animales muertos, caminos rurales intransitables y daños en pequeñas infraestructuras que sostienen la economía real de los pueblos. En zonas donde la agricultura depende de ciclos cortos y frágiles, una lluvia extrema puede significar perder todo en una noche.

También se repitió una escena que ya se volvió habitual: barrios enteros anegados, desagües tapados, calles convertidas en canales y familias esperando que “pase la tormenta” porque el Estado llega tarde o no llega

El problema de fondo no es solo meteorológico. Es político y estructural.

La Rioja no tiene un sistema moderno de drenaje urbano en muchas localidades, no hay limpieza sostenida de canales, las obras suelen ser reactivas y no preventivas, y cada tormenta termina siendo una ruleta rusa para cientos de vecinos.

Mientras el clima muestra señales de mayor variabilidad y extremos cada vez más frecuentes, la provincia sigue actuando como si nada cambiara.

Y enero dejó un mensaje claro: cuando el agua cae de golpe, el desastre no es inevitable. Lo inevitable es que ocurra si la infraestructura sigue igual.