Una vez más, la Municipalidad de Capital termina haciendo lo mismo que ya se volvió costumbre desde el inicio de la gestión de Armando Molina: anuncian una medida, la ejecutan sin consenso, generan caos y después retroceden.

Esta vez, el escenario fue calle Pelagio B. Luna, una de las arterias más transitadas de la ciudad, donde el Municipio había instalado elementos para achicar la calzada con el argumento de “reorganizar el tránsito”. Sin embargo, tras las repercusiones negativas y el enojo generalizado de vecinos, comerciantes y conductores, la medida fue desarmada en cuestión de horas.

Video gentileza Impacto Rioja

De la “reorganización” al papelón

Según se informó, tras una reunión entre funcionarios municipales y comerciantes, comenzaron a retirarse las estructuras que delimitaban el nuevo esquema de circulación. El resultado: se restableció el ancho original de la calle, como si nada hubiera pasado.

Lo que queda, sin embargo, es la misma pregunta de siempre:
¿Quién planifica en la Municipalidad? ¿Quién toma decisiones? ¿Y quién se hace cargo del desorden?

Porque no se trata solo de un cambio vial. Se trata de una gestión que improvisa, que avanza sin medir impacto, y que termina cediendo cuando el malestar se vuelve imposible de tapar.

Pelagio B. Luna no es una calle secundaria. Es un sector clave para la circulación vehicular en la ciudad, y cualquier intervención requiere estudios técnicos, señalización adecuada, comunicación previa y consenso.

Pero en lugar de eso, la gestión Molina eligió el camino más corto: instalar estructuras, modificar el tránsito y esperar a ver qué pasa.

Y lo que pasó fue lo obvio: reclamos, confusión, embotellamientos y bronca.

El episodio vuelve a exponer un problema de fondo: la Municipalidad parece gobernar en base a la reacción del momento, no a un plan de ciudad.

Si la medida era correcta, ¿por qué se desmontó tan rápido?
Y si era incorrecta, ¿por qué se implementó en primer lugar?

Lo que queda es una imagen preocupante: una gestión que se contradice sola, que no sostiene decisiones y que convierte la vía pública en un ensayo permanente, donde los vecinos terminan pagando el costo.

Mientras se retiran los elementos y se intenta normalizar el tránsito, lo que sigue sin resolverse es lo más grave:

¿Cuántas decisiones más se van a tomar así, sin planificación, sin consulta y con improvisación?

Porque Pelagio B. Luna no es el problema.
El problema es el modelo de gestión.