Por Redacción El Federal

En cada conmemoración del 2 de abril, la memoria argentina vuelve sobre la Guerra de las Malvinas con el peso de la historia y la emoción intacta. Pero en La Rioja, como en tantos rincones del interior profundo, hay una dimensión menos conocida: la de los soldados que regresaron y guardaron silencio durante décadas.

No hubo multitudes esperándolos. No hubo homenajes inmediatos. Muchos de los jóvenes riojanos que fueron enviados a las Islas Malvinas volvieron a sus casas con más preguntas que respuestas, cargando experiencias que ni siquiera podían poner en palabras.

Durante años, la guerra no se habló. Se evitó en las mesas familiares, en los barrios, en los ámbitos laborales. La llamada “desmalvinización” no fue solo un fenómeno de las grandes ciudades: en provincias como La Rioja, el silencio fue aún más profundo. Algunos excombatientes retomaron sus vidas como pudieron; otros quedaron atrapados en recuerdos que no encontraban salida.

Hoy, más de cuatro décadas después, ese silencio empieza a romperse.

En los últimos años, distintos espacios de memoria comenzaron a registrar testimonios de excombatientes riojanos que nunca habían contado su historia. Relatos que permanecieron guardados por más de 40 años y que hoy revelan una dimensión humana tan cruda como desconocida.

“Hay cosas que no se podían decir. No porque no quisiéramos, sino porque nadie preguntaba”, confiesa uno de los veteranos en uno de estos registros recientes.

Las historias coinciden en varios puntos: el frío extremo, la falta de alimentos, la incertidumbre constante. Pero también aparece otro aspecto, más incómodo, que durante años quedó relegado: el sufrimiento dentro de las propias filas.

La otra cara de la guerra

Además del enfrentamiento con el Reino Unido, algunos soldados recuerdan castigos severos, hambre prolongada y situaciones límite impuestas por superiores. Episodios que hoy comienzan a ser visibilizados en la búsqueda de verdad y justicia.

Para muchos, la guerra no terminó el 14 de junio de 1982. Continuó durante años, en forma de pesadillas, angustia y aislamiento.

En el interior, esa carga fue aún más difícil de sobrellevar. Sin redes de contención ni reconocimiento inmediato, los excombatientes riojanos atravesaron una posguerra silenciosa, muchas veces en soledad.

Con el paso del tiempo, la deuda social comenzó lentamente a saldarse. El Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas se consolidó como una jornada de memoria activa, y en provincias como La Rioja se impulsaron medidas simbólicas de reconocimiento, como la identificación oficial de los veteranos como héroes.

Sin embargo, para muchos, el verdadero reconocimiento no está en los actos, sino en la escucha.

“Lo importante es que ahora se sepa lo que pasó”, dicen quienes hoy, después de décadas, se animan a hablar.

A 44 años del conflicto, Malvinas sigue siendo una herida abierta, pero también una historia en construcción. En La Rioja, esa historia todavía se está escribiendo, a partir de voces que durante mucho tiempo quedaron al margen.

Rescatar esos testimonios no es solo un acto de justicia: es una forma de entender que la guerra no terminó cuando se firmó la rendición, sino cuando cada uno de sus protagonistas pudo, finalmente, contar lo vivido.

Porque en el interior del país, lejos de los grandes relatos oficiales, Malvinas también fue —y sigue siendo— una historia de silencios. Y recién ahora, empieza a ser escuchada.