En lo profundo de la cordillera de La Rioja, donde el viento marca el ritmo de los días y el silencio se vuelve parte del paisaje, una tradición resiste intacta: la elaboración artesanal de queso criollo de leche de vaca.
En el puesto El Sanjón, ubicado en Potrero Grande, departamento Vinchina, esta práctica se renueva cada año como un verdadero ritual de trabajo y pertenencia
La publicación en las redes sociales, se viralizó mostrando una tradición mantenida de generación en generación.
A 2.500 metros sobre el nivel del mar, en pleno mes de abril, la vida en la campeada exige temple. Las temperaturas comienzan a descender con intensidad y las jornadas se vuelven más duras. Sin embargo, para quienes habitan este entorno agreste, el esfuerzo es parte de una herencia que no se negocia.
Argentina Oviedo y Rosa Arancibia encarnan ese espíritu. Con manos curtidas por años de labor, inician sus días antes del amanecer: ordeñan, encienden el fuego y ponen en marcha un proceso que no admite apuros. Sin tecnología ni comodidades, solo con saberes transmitidos de generación en generación, convierten la leche fresca en un queso cargado de identidad.
El frío de la altura se hace sentir, especialmente en las primeras horas del día, pero no detiene la tarea. Cada pieza elaborada resume horas de dedicación y el sacrificio de sostener una tradición que forma parte del entramado cultural de la región.
Entre corrales, fogones y paisajes imponentes, la producción de queso criollo trasciende lo económico. Es un legado vivo, una forma de vida que se mantiene firme frente al paso del tiempo. Familias como la de Oviedo y Arancibia continúan apostando al campo, preservando costumbres que no solo alimentan, sino que también construyen identidad en cada rincón de Vinchina y de toda La Rioja.
