Está desempleado. Dice que pertenece a la gran mayoría de argentinos que integran la economía informal. Se dedica a comprar y vender artículos de camping por internet. Y cuenta que con lo que gana “a duras penas” llega a fin de mes. Alquila un pequeño departamento en un complejo de monoblocks, a orillas de Camino Negro, en Ingeniero Budge, Buenos Aires, a pocos metros de la casa de su madre.

Las persianas del tercer piso están apenas entreabiertas y el olor a cigarrillo, que parece impregnado en el aire, reflejan su estado de ánimo. El living donde Juan Emilio Ameri (48) está decorado con memorabilia peronista, una bandera palestina y un retrato de Ernesto Che Guevara. La vajilla lleva pintada el escudo de River Plate, el club de sus amores, donde trabajó algunos años.

No hay nada en el ambiente que remita a su pasado reciente, apenas dos años atrás, cuando ocupaba una de las 257 bancas en la Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina. Fue, entre el 12 de diciembre de 2019 y el 25 de septiembre de 2020, legislador nacional por la provincia de Salta. Tuvo despacho, asesores, secretaria (que luego redactaría su renuncia) y todos los privilegios que supone integrar la Cámara Baja del Poder Legislativo nacional. Recién comenzaba a entender las reglas del Parlamento, a sentirse cómodo en su nuevo rol, cuando sucedió un hecho que lo cambió todo. “Fue una desatención”, insiste hoy.

Jueves 24 de septiembre de 2020. La Cámara de Diputados debate virtualmente sobre el “Fondo de Garantía de Sustentabilidad del sistema jubilatorio y refinanciación de la deuda de las provincia con la ANSES”. El diputado Carlos Heller hace uso de la palabra. Habla sobre “la intangibilidad del fondo”. Todo se desarrolla con normalidad hasta que en el margen inferior izquierdo de la pantalla, en uno de los “cuadraditos” donde aparecen los legisladores que siguen la sesión en vivo, se ve una escena inadmisible: el diputado por el Frente de todos Juan Emilio Ameri sienta a su pareja sobre su regazo, le baja el escote de la remera y, frente a cámara, le besa los senos. Segundos más tarde, el presidente de la cámara, Sergio Massa, toma la palabra: “Quiero interrumpir el debate de esta ley, desgraciadamente, para plantear que frente a una falta grave de un diputado, en el marco de las sesiones de asistencia presencial y remota, se dio una situación que nada tiene que ver con el normal decoro y funcionamiento de esta casa, y por lo tanto quiero pedir, de manera inmediata, la aplicación del artículo 188 del reglamento, disponer la suspensión inmediata del diputado Juan Ameri (…) Esta es la casa del pueblo, vamos a escuchar las explicaciones del señor diputado, pero no podemos admitir, como cuerpo de representantes en democracia, que se den este tipo de situaciones”.

Ameri nunca hizo su descargo ante sus colegas diputados. Pero sí hizo declaraciones en la radio. “Estoy mal, muy mal. Pensé que se había caído internet. Vino mi pareja a mostrarme cómo le quedaron las prótesis mamarias. Le dije: ‘¿te puedo dar un beso?’. Y le di un beso en la teta, nada más. La verdad, yo estaba convencido de que no tenía internet y cuando volvió la conexión me reconectó de forma automática. Estoy muy avergonzado, estoy muy mal, mi pareja está muy mal, nos afecta de manera personal y a todo nuestro entorno, mis hijas, mi vieja, mis hermanas, compañeros, compañeras”, declaró.

Las imágenes se convirtieron en virales y tuvieron eco en todo el mundo. Los editores desplegaron su creatividad: rebautizaron a Ameri como el “diputeta” y cada vez que se referían al caso decían “tetagate” o “pezoom”.

Poco más de 24 horas después, empujado por sus “compañeros”, Juan Emilio Ameri presentó su renuncia al cargo de diputado de la Nación. Dejó de representar al pueblo argentino. Dirá más adelante que no extraña el cargo, pero que todavía convive con el dolor de saberse responsable de su propia caída. “La pasé muy mal. Debo haber pensado, al menos, 100 formas de suicidarme. A ese punto… Si no lo hice fue porque no quise lastimar más a mis hijas. Cuando uno hace política está acostumbrado a las fakes news tan de moda ahora, aunque acá fue distinto”, dice el ex diputado.

-Sí. Y el dolor pasaba por el hecho de saberme responsable. Sabía que había metido la pata. De mí pueden decir que fui un boludo, porque esa es la realidad, estuve desatento. Creo que lo que me permitió seguir viviendo y mirar a mis hijas a los ojos es que nunca nadie va a poder decir que participé de un hecho de corrupción o que me vendí. En cambio, sí van a poder decir que siempre que tuve la posibilidad de dar una mano a quien lo necesitó, lo hice.

-¿Alguien, alguno de sus “compañeros”, le envió un mensaje advirtiéndole: “Estás saliendo en cámara”?

-No. Giré la cabeza y veo que estaba la cámara prendida. Después me entró a llamar todo el mundo y en ese momento dije “Chau, la cagué”. Fueron cinco minutos de desatención, porque yo no falté a una sola sesión.

-¿Y qué pasó después de darse cuenta de que se había visto todo?

-Inmediatamente pensé en renunciar. Fue lo primero que se me cruzó. Consulté con las autoridades de mi bloque. No importa ahora a quién, pero les pregunté qué hacía. Les dije que mi idea era presentar la renuncia en forma indeclinable, pero que estaba a disposición para lo que decidan, si tenía que sostener lo hacía. Y me dijeron que presentara la renuncia.

-¿Qué sintió en ese momento?

-Un dolor indescriptible. Me fallé a mi mismo, a mis hijas y al pueblo. Podría haber dado mucho más. Me sobra capacidad para estar ahí. Fue una angustia…

-¿Por qué cree que indignó tanto lo que hizo?

-Por el lugar que le dieron los medios de comunicación opositores. ”El diputado kirchnerista la cagó”, dijeron. Porque si yo hubiese sido de Juntos por el Cambio no hubiese tenido la repercusión que tuvo.

-Entonces usted piensa que la indignación de la sociedad no fue provocada por usted, sino por la repercusión que le dieron los medios…

-El otro día hablaba con unos amigos y pensábamos: si te indignó más esto a que se nos mueran los pibes de hambre y de sed en el norte de la provincia hay algo que está mal con la sociedad. Lo que hice fue grave, yo no lo quiero minimizar, pero si te indignó más eso a que un presidente haya endeudado nuestro país en 50 mil millones de dólares…

-Le estaba dando un beso… ¡no fue un acto de libido! Fue un acto de amor. Pero repito, fue producto de una distracción, no fue un hecho de corrupción. Yo, haciendo eso, no le arruiné la vida a nadie. O, mejor dicho, me la arruiné a mí, a quien era mi pareja en ese momento y a mi familia.-¿Y ahora cómo continua su vida? ¿Sigue en la política?

-Sí, sigo. La persona que hace política nunca deja de hacerlo.

-¿Y de qué vive?

-Compro y vendo cosas. Lo que sea, donde sea. En la época de la pandemia, nos juntamos dos o tres compañeros e hicimos una inversión. Arrancamos comprando productos en China, traíamos bicicletas fijas o caminadoras y las revendíamos acá. Me daba un poco de pudor hacerlo porque yo soy peronista y entiendo que atenta contra la industria nacional. Por eso, en el último tiempo empezamos a buscar productos nacionales y ahora vendemos cosas de camping. Las vendemos por internet. Pero bueno, soy parte de la economía informal del país.

-¿Y llega a fin de mes?

-No. La verdad es que no.

-¿Sintió que en cierta forma su partido le soltó la mano?

-No, no. No lo siento así. Yo conozco bien el juego de la política y lo acepto. Desde el momento que aceptas las reglas de juego, sabés lo que te va pasar si te mandas una cagada.

Actualmente, Ameri está imputado por la justicia salteña por “estorbo al acto funcional”, contemplado en el artículo 241 del código Penal que castiga con 15 días a 6 meses de prisión a quien “perturbare el orden en las sesiones de los cuerpos legislativos”. Según el exdiputado la semana pasada, el juzgado federal de Salta se declaró incompetente y la causa será remitida a los juzgados federales de la Capital. “Se me imputa un delito que el fiscal alega que el hecho fue cometido adrede, es una tontería pensar así porque la única persona perjudicada he sido yo. Y me hago cargo”, dice.