Por Angel Flores

En un acto cargado de dramatismo político y frases de alto impacto, el intendente de la Capital riojana, Armando Molina, terminó reconociendo públicamente lo que hasta ahora el oficialismo municipal evitaba decir en voz alta: la corrupción existe dentro de su propia administración. No como una sospecha externa ni como una herencia ajena, sino como un problema instalado “en todos lados”, según sus propias palabras.

La admisión se produjo durante la toma de juramento de Gonzalo Bustos, nuevo Secretario General del municipio, en una ceremonia que se alejó del protocolo institucional para convertirse en una especie de confesionario político y advertencia interna. Allí, Molina lanzó una frase que no pasó inadvertida:

“La corrupción no está solo arriba, está en todos lados y es lo que nos tiene a mal traer”

Dicha afirmación no solo rompe con el discurso habitual de culpar a otros niveles del Estado, sino que implica un reconocimiento explícito de prácticas corruptas dentro del propio municipio que él conduce.

El intendente intentó envolver ese reconocimiento con un discurso de autocrítica, admitiendo que su administración no dio los resultados esperados.

“Lo que hicimos hasta ahora no bastó”, afirmó, para luego pedir perdón por los errores cometidos.

Sin embargo, la pregunta inevitable es por qué esa autocrítica recién aparece ahora, cuando la gestión ya acumula reclamos por ineficiencia, burocracia, falta de respuestas y un evidente deterioro en los servicios municipales.

 juramento al arquitecto Gonzalo Bustos como nuevo Secretario General del Municipio

Molina pidió a sus funcionarios “empezar de nuevo”, como si gobernar fuera una hoja en blanco y no una responsabilidad en ejercicio. La frase, lejos de generar alivio, confirma que el propio intendente considera fallida la etapa previa de su gestión.

El “sable de San Martín”

En lugar de anunciar auditorías, sumarios administrativos o mecanismos institucionales de control, Molina recurrió a una metáfora histórica para disciplinar a su equipo:

“Quiero que sientan el sable de San Martín en la cabeza”

La imagen, repetida varias veces, funcionó más como una amenaza simbólica que como una política concreta contra la corrupción. Porque si el problema es real —como él mismo lo admitió—, la respuesta no puede ser retórica épica, sino investigaciones, sanciones y transparencia efectiva.

“Ni un billete que no es nuestro”

El pasaje más contundente fue cuando el intendente advirtió:

“No tenemos tiempo para hacer ninguna, ni meternos un billete que no es nuestro en el bolsillo”

La frase, lejos de tranquilizar, refuerza la sospecha de que esas prácticas existen o existieron, ya que nadie advierte sobre lo que no ocurre. En política, las palabras importan, y cuando un jefe comunal siente la necesidad de aclarar eso públicamente, es porque el problema está presente puertas adentro.

Molina cerró su discurso recordando que cada firma “modifica la vida de alguien”. Una verdad incuestionable, pero que contrasta con una gestión que ahora admite falencias graves sin anunciar responsables ni medidas concretas.

El intendente habló de corrupción, de errores y de tentaciones del poder. Lo que no dijo es quiénes son los responsables, qué áreas están bajo sospecha y qué acciones tomará para limpiar su propia casa.

Porque cuando un intendente reconoce que la corrupción “está en todos lados”, ya no alcanza con metáforas ni pedidos de perdón: hace falta gobernar, investigar y rendir cuentas.