Mientras el debate público sobre el trabajo sexual suele centrarse en mujeres cis o trans, hay una realidad que empieza a ganar visibilidad en el interior del país: el trabajo sexual masculino está creciendo… y con fuerza.

En provincias como San Juan ya se habla con números concretos y registros informales que muestran un aumento sostenido en la oferta de varones que ingresan a este circuito. Lo que hasta hace pocos años era considerado marginal, hoy comienza a formar parte de una economía paralela cada vez más visible.

La crisis como motor

El contexto económico aparece como uno de los principales disparadores. La pérdida de empleo formal, la caída del poder adquisitivo y el aumento del costo de vida empujan a muchos hombres —jóvenes en su mayoría, pero también adultos— a buscar ingresos rápidos en un mercado que funciona, en gran parte, a través de redes sociales y plataformas digitales.

En este escenario, el trabajo sexual masculino deja de estar asociado exclusivamente a determinados estereotipos y se diversifica: estudiantes, trabajadores informales, desempleados e incluso empleados que no llegan a fin de mes aparecen en un universo que crece en silencio.

Lejos de retraerse, la demanda aumenta. Clientes de distintos perfiles —mujeres, hombres y parejas— forman parte de un mercado que se mueve con discreción, pero con flujo constante. La virtualidad facilitó el contacto directo, eliminó intermediarios y amplió el alcance geográfico.

En San Juan el fenómeno dejó de ser un secreto a voces para convertirse en una realidad cada vez más comentada en ámbitos sociales y mediáticos. Sin embargo, sigue siendo un tema incómodo, poco abordado por dirigentes políticos y escasamente debatido en términos de regulación, salud o derechos laborales.

¿Un cambio cultural en marcha?

Históricamente, el trabajo sexual estuvo vinculado casi exclusivamente a mujeres. El crecimiento del sector masculino rompe con ese esquema tradicional y obliga a replantear miradas.

¿Se trata de un cambio cultural profundo, donde se diluyen viejos tabúes sobre masculinidad y sexualidad?. ¿O es simplemente una estrategia de supervivencia frente a una economía asfixiante?

La respuesta probablemente combine ambos factores. Por un lado, hay una transformación en las dinámicas sociales y en la forma en que se construyen las identidades. Por otro, la urgencia económica pesa y mucho.

Más allá de posturas ideológicas, el fenómeno ya está instalado. Lo que falta es una discusión abierta que contemple prevención sanitaria, condiciones de seguridad, marco legal y acompañamiento social.

Porque mientras el debate sigue centrado en viejos paradigmas, la realidad avanza. Y el trabajo sexual masculino —invisible para muchos— ya no es una excepción: es parte de un mapa social que cambia al ritmo de la crisis.