Por Angel Flores

Cada 7 de junio, quienes abrazamos el periodismo solemos detenernos un instante para reflexionar sobre el oficio. No para celebrar una profesión perfecta, sino para preguntarnos si seguimos honrando su esencia: buscar la verdad, verificar los hechos y contarle a la sociedad lo que ocurre, sin importar quién resulte beneficiado o perjudicado.

En tiempos donde la información circula a una velocidad inédita, el principal desafío ya no es acceder a los datos, sino distinguir la verdad de la conveniencia. Y quizás en pocas provincias esto se vuelve tan evidente como en La Rioja.

Hoy el periodismo enfrenta una distorsión peligrosa: la de confundir información con militancia política. Cuando un periodista se convierte en vocero de un sector, cuando la noticia se acomoda para favorecer a un dirigente o perjudicar a un adversario, deja de informar para empezar a militar. Y la militancia es legítima en la política; en el periodismo, en cambio, erosiona la confianza.

También existe otra deformación silenciosa: informar según quién paga la pauta. En una provincia donde muchos medios dependen económicamente de la publicidad oficial para sobrevivir, la independencia se transforma en una batalla cotidiana. No se trata de desconocer una realidad económica que afecta a empresas y trabajadores de prensa. Se trata de recordar que el dinero nunca debería definir el contenido de una noticia.

A ello se suma una práctica cada vez más frecuente: tergiversar información nacional para adaptarla a una narrativa local. Tomar fragmentos aislados, ocultar contextos o presentar medias verdades para sostener una posición política. El resultado es una ciudadanía peor informada y una democracia más débil.

Pero quizás lo más preocupante sea la degradación del debate público. Hemos llegado al punto en que algunos comunicadores ya no discuten ideas ni investigaciones, sino que atacan personas. Se reemplaza el argumento por el agravio, el dato por el insulto y la evidencia por el escrache. No importa qué se dice, sino quién lo dice. La descalificación personal se volvió una herramienta habitual para intentar desacreditar a colegas que piensan diferente.

La política tampoco ha sido ajena a este deterioro. Desde distintos espacios se ha promovido una grieta que convirtió la confrontación permanente en una estrategia de poder. Muchos dirigentes encontraron más rentable alimentar el odio que fomentar el diálogo. Y en ese escenario, el periodismo independiente suele quedar atrapado entre dos fuegos: si informa algo que incomoda, es acusado de pertenecer al bando contrario.

Son tiempos difíciles para hacer periodismo en La Rioja

Difíciles para quien investiga sin protección. Para quien pregunta sin permiso. Para quien publica datos sin consultar si serán del agrado de un funcionario, un empresario o un dirigente político. Difíciles para quien entiende que la función de la prensa no es agradar al poder, sino controlarlo.

Sin embargo, en medio de tantas presiones, todavía queda una herramienta que ningún gobierno puede otorgar ni quitar: la credibilidad

La credibilidad no se compra con pauta. No se construye con operaciones. No se consigue mediante campañas de desprestigio contra colegas. La credibilidad se gana día a día, noticia tras noticia, con errores que se corrigen y con aciertos que se sostienen. Es el capital más valioso que posee un periodista y, muchas veces, el único.

En este Día del Periodista, más que celebrar, vale la pena reivindicar ese compromiso. El de informar antes que militar. El de preguntar antes que obedecer. El de investigar antes que repetir. El de respetar a la audiencia por encima de cualquier interés político o económico.

Porque cuando todo parece discutible, cuando la grieta intenta devorarlo todo y cuando la presión busca condicionar cada palabra, la credibilidad sigue siendo el último refugio del periodismo.

Y quizás también su única posibilidad de futuro.